En Béznar.- Naranjas y limones.- De Regidor a Rey
Cuando algunos instantes después hicimos alto en la
Administración de Diligencias, sita en el centro del pueblo, nadie nos dio
muestras de haber visto entrar a ABEN-HUMEYA y sus acompañantes, ni pudimos
sacar en claro dónde vivían los VALORIS, a cuya casa sabíamos fijamente que
habían ido de posada.
¡Son tan recelosos y disimulados los moriscos!...
Pero ¡ah! no... El disimulado era el tiempo. Me acontecía lo
mismo que en Dúrcal con FARAG ABEN-FARAG: que entre mis visiones históricas y la
realidad presente habían transcurrido tres siglos como por ensalmo.
Así es que Béznar estaba muy tranquilo, celebrando también
cristianamente su día de San José con el asueto y atavío de sus moradores; que
no profanando todo un día de Nochebuena con abominaciones mahometanas, como
aquel viernes de 1568 en que yo creía encontrarme...
Y así se explicaba también
que el lugar estuviese lleno de sol y regocijo, que no encapotado y lúgubre;
florido, que no nevado; en primavera, que no en invierno.
¡Tanto mejor para nosotros, que no lo habríamos pasado muy
bien, a fuer de verdaderos católicos, apostólicos, romanos, si hubiéramos
aparecido por allí aquel infausto día en que el padre Beneficiado tuvo que poner
tierra por medio entre él y sus feligreses, metamorfoseados de pronto en
fanáticos y crueles islamitas!
Béznar, el Béznar de hoy, con el cual tenía que contentarse nuestra sed de
emociones, es un lugar de 807 habitantes, repartidos entre la genuina población
de este nombre, que comprende 72 casas, el Barrio Bajo, que se compone de 63, y
el barrio de la Jábita, que sólo cuenta 32.- Pertenece también a este pueblo la
Venta de Tablate, distante de él dos kilómetros, donde debíamos dejar la
Diligencia.
Dijimos del Padul... que era alegre; de Talará... que era
gozoso; de Dúrcal... que era risueño.- De Béznar digo... no ya que se sonreía,
sino que se reía a carcajadas.
En efecto: nada más alborozado que aquel pueblecillo, situado
en medio del Valle, cuya espléndida lozanía verdegueaba al final de todas sus
arábigas callejuelas.
Las casas, generalmente pobres y de aspecto morisco,
disimulaban su vejez bajo una flamante capa de cal, como en las ciudades
africanas, y hacían olvidar su modestia con las flores, con las jaulas de
pájaros, con las ramas de naranjos y limoneros y con las emperejiladas mujeres
que decoraban sus balcones, sus puertas, las tapias de sus corrales y las cercas
de sus huertecillos.
El crescendo de hermosura del Valle de Lecrin había, pues, llegado casi al
summum..., y me quedo en el casi, porque aún nos faltaba ver a Lanjarón...
Béznar es uno de los emporios de naranjas del mediodía de
Europa. Su mercado sirve como de bazar a los innumerables miles de ellas que se
cautivan a poquísima costa en los bosques y huertas de las cercanías y en sus
propios alrededores.
Perdonadme esta insistencia en comparar a las naranjas con las
cautivas destinadas a extranjeros harenes; pero el símil es tan exacto y tan
mío, que tengo empeño en que lo admitáis.
Estudiad, si no, el ulterior destino de estas princesas del
reino vegetal, de estas rústicas diosas de nuestra tierra, de estas hijas de
nuestro sol...
Encontrámoslas aquí apiladas de cualquier modo en plazas y
calles: cómpranlas luego mercaderes de otros países; enciérranlas en lujosos
estuches, envuelta cada cual en una finísima bata de papel de seda; condúcenlas
por camino de hierro o en barco de vapor a Berlín, a Londres o a San
Petersburgo, y allí veselas (¡qué horror!) empingorotadas, como en un trono, en
áureos fruteros, entre caloríferos y perfumadas bujías, ostentar su hermosura en
los triclinios de los bárbaros del Norte y regalar el gusto de tal o cual
Sardanápalo aforrado en inultas pieles... de otros animales por su estilo.
Y lo mismo digo de los limones.
Ya veis que, en pago de vuestra indulgencia, he defendido a la raza latina
y maltratado cruelmente a sus émulas del Septentrión.
Confiado ahora en el agradecimiento de que, por ende, os
supongo poseídos, voy a volver en busca de nuestros émulos del Sur, los fieros
islamitas, esperando me dispenséis no los trate con tanto rigor como a los
paisanos de Shakespeare, de Mikiewicht, de Goëthe, de Thorwaldsen, de Gogol y
¡¡de Bismark!! No es prudente enemistarse a la vez con todo el mundo.
Mas ¿dónde encontrar ahora a ABEN-HUMEYA?
Que está en Béznar con nosotros, es indudable; pero buscarlo
en las actuales casas del lugar, ya hemos visto que es imposible.
Recurramos, pues, a las perennes páginas de la Historia.
Un nuevo Rey entre ellos levantado DON FERNANDO DE VALOR, se decía:
saliose de Granada, y concertado
quedaba de volver al otro día.
El día de la Pascua han señalado
que torne con pujanza y morería,
y que den en Granada lo primero,
que será el Albaicín buen compañero.
El noble SEÑOR DE VALOR se apeó en casa de su pariente el
VALORI, corifeo del lugar y jefe de una dilatada parentela.- Podía decirse que
estos VALORIS eran los amos del pueblo, compuesto casi exclusivamente de
moriscos, o, por mejor decir, de recalcitrantes islamitas.
Todos ellos estaban ya en armas, y abiertamente rebelados al
compendioso grito de ¡Viva Mahoma!
Recibieron, pues, con los brazos abiertos, y como a un nuevo
Enviado de Alá, al joven descendiente del Profeta; celebraron aquella noche una
junta; y ¡oh sacrílega coincidencia! a la misma hora en que toda la Cristiandad
conmemoraba el sublime misterio de Bethleem, aquellos perros eligieron Rey de
Granada, en odio a los cristianos, al que desde entonces se llamó MULEY MAHOMET
ABEN-HUMEYA.
«Vistiéronle de púrpura (dice Hurtado de Mendoza), y
pusiéronle a torno del cuello y espaldas una insignia colorada a manera de faja.
Tendieron cuatro banderas en el suelo, a las cuatro partes del mundo, y él hizo
su oración, inclinándose sobre las banderas, el rostro al Oriente (Zalá la
llaman ellos), y juramento de morir en su ley y en el Reino, defendiéndola a
ella y a él y a sus vasallos. En esto levantó el pie, y, en señal de general
obediencia, postrose ABEN-FARAG en nombre de todos y besó la tierra donde el
nuevo Rey tenía la planta. (A éste hizo su Justicia Mayor.) Lleváronle en
hombros y levantáronle en alto, diciendo: Dios ensalce a MAHOMET ABENHUMEYA,Rey
de Granada y de Córdoba. Tal era la antigua ceremonia con que elegían los Reyes
de la Andalucía, y después de Granada».
En el precedente relato padece un error el insigne Hurtado de
Mendoza. ABEN-FARAG no estaba ni podía estar en Béznar la noche del 24, en
que eligieron su Rey los moriscos. Y la prueba es que, como hemos visto, el
fogoso tintorero salía de Granada a, la misma hora con dirección a Cenes, en
busca de la gente con que entró en el Albaicin el 25 a media noche, para oír
aquella despreciativa frase de «Sois pocos y venís presto» que apuntamos más
atrás.
Cuando el impaciente conjurado del Albaicin llegó
verdaderamente a Béznar fue en la mañana del 27, tercer día de Pascua...
...«Asomó (dice Mármol) por un viso FARAG ABEN-FARAG con sus
dos banderas, acompañado de los Monfíes que habían entrado con él en el Albaicin,
tañendo sus instrumentos y haciendo grandes algazaras de placer, como si
hubieran ganado alguna gran victoria. El cual, como supo que estaba allí D.
HERNANDO DE VALOR y que le alzaban por Rey, se alteró grandemente, diciendo que
cómo podía ser que, habiendo sido él nombrado por los del Albaicin, que era la
cabeza, eligiesen los de Béznar a otro. Y sobre esto hubieran de llegar a las
armas. FARAG daba voces que había sido autor de la libertad y que había de ser
Rey y Gobernador de los moros, y que
también era él noble, del linaje de los Abencerrajes. Los VALORIS decían que
donde estaba D. HERNANDO DE VALOR no había de ser otro Rey sino él. Al fin
entraron algunos de por medio y los concertaron de esta manera: que DON HERNANDO
DE VALOR fuese el rey y FARAG su Alguacil Mayor, que es el oficio más
preeminente entre los moros cerca de la persona real. Con esto cesó la
diferencia, y de nuevo alzaron por Rey los que allí estaban a D. HERNANDO DE
VALOR y le llamaron MULEY MAHAMETE ABEN-HUMEYA, estando en el campo debajo de un
olivo. El cual, por quitarse de delante a FARAG ABEN-FARAG, el mesmo día le
mandó que fuese luego, con su gente y la que más pudiese juntar, a la Alpujarra
y recogiese toda la plata, oro y joyas que los moros habían tomado y tomasen,
así de iglesias como de particulares, para comprar armas de Berbería. Este
traidor, publicando que Granada y
toda la tierra estaba por los moros, yendo levantando lugares, no solamente hizo
lo que se le mandó, mas, llevando consigo trescientos Monfíes salteadores de los
más perversos del Albaicin y de los lugares comarcanos a Granada, hizo matar
todos los clérigos y legos que halló captivos, que no dejó hombre a vida que
tuviese nombre de cristiano y fuese de diez años arriba, usando muchos géneros
de crueldades en sus muertes»...
También hay una equivocación en la anterior reseña, que
consiste en decir que la proclamación de ABEN-HUMEYA en Béznar tuvo lugar debajo
de un olivo.
La escena bajo el olivo, tradicional en toda la Alpujarra,
ocurrió en Cádiar, como veremos más adelante, y fue, no ya la proclamación, sino
la solemne coronación del soberano en presencia de todos los caudillos y
personas principales de su improvisado Reino, -que crecía como la espuma.
Por lo demás, las preinsertas palabras de Mármol, el
historiador más adverso a ABEN-HUMEYA, dejan ya deslindadas la
responsabilidad de este príncipe y la de su cruel Justicia, o Alguacil Mayor, en
los horribles martirios de cristianos que presenció aquellos días la Alpujarra24
y que serán el eterno baldón del Alzamiento de los moriscos.
Estas ferocidades inauditas sólo se deben imputar al inhumano
tintorero, al demagogo de aquella rebelión, tipo repugnante y harto conocido,
por ser igual al que ha deshonrado y deshonrará eternamente todas las
Revoluciones, lo mismo en París que en la Alpujarra, lo mismo en el siglo XVI
que en el siglo XIX.
En cambio, no nos faltarán más adelante ocasiones en que hacer
justicia a la clemencia y magnanimidad del que había dejado de ser D. FERNANDO
DE VALOR; el cual, si fue duro y cruel otras veces, extremado por la adversidad
y por las bárbaras necesidades de la guerra, no rayó más allá que el Duque de
Alba y otros venerados capitanes de aquellos tiempos.
Y si me equivoco y me lo demostráis, me importará poquísimo;
que yo no soy el defensor nato de los infieles.
Con que partamos, y perdonad si ahora sufre una muy larga interrupción la
leyenda documentada de ABEN-HUMEYA; -leyenda que es la Historia particular
de la Alpujarra como estado autónomo; leyenda mal conocida de la generalidad de
las gentes, por la parcialidad de unos escritores, por la ligereza de otros, por
las contradicciones que se notan entre ellos y por la escasez de los libros que
los ponen en claro; leyenda admirablemente sentida, y sin embargo, desfigurada,
en la materialidad de los hechos, por el ilustre Martínez de la Rosa en aquel
drama que me atrevo a calificar de Elogio del Rey Morisco; leyenda, en fin, que
continuaremos y terminaremos nosotros, confundida con la de ABEN-ABOO, cuando
recorramos las fragosidades alpujarreñas y la augusta soledad de Sierra Nevada.
Por la presente, reclaman toda nuestra atención misterios de
otro orden y curiosidades de otro género...- ¡Para algo más que para leer y
depurar historias humanashemos dejado nuestro gabinete de Madrid! -La inmortal
Naturaleza nos aguarda amorosamente al otro lado de aquesos últimos cerros de
dominio público, dispuesta a hablar a solas con nuestro fatigado espíritu. El
arcano geográfico que inquirimos hace tiempo, está para descifrarse a nuestros
ojos. La incógnita Alpujarra escucha ya nuestros pasos detrás de esa ondulante
cortina. La gran Cordillera va a mostrarnos de un momento a otro sus nevadas
espaldas. El Picacho de Veleta, por ejemplo, sólo espera para decirnos «Así soy
por el revés» a que nos pongamos de puntillas, como hizo el Renzo de Manzoni
para descubrir desde la llanura de Pavía la catedral de Milán... El almuerzo y
los caballos nos aguardan, en fin, en la Venta (que sólo dista dos o tres
kilómetros), y tenemos hambre, mucha hambre, y necesidad también de estirar
nuestros entumecidos remos...
Partamos, partamos, sí: entre otras cosas, porque ya está
enganchado el nuevo tiro, y el mayoral en su trono, y el zagal abriéndonos la
portezuela, y el postillón, con la cabeza vuelta hacia nosotros y la corneta en
los labios, aguardando impaciente el «¡¡¡Arréeee!!!...» del automedonte para
anunciar al mundo, con su trompeteo, que la Diligencia de Motril abandona el
lugar de Béznar.