Al
sonar las Ave Marías; esto es, a las doce en punto, salimos de aquel
deleitoso pueblo, último de la carretera para nosotros.
El terreno se angostó al poco rato, formando una profunda garganta, y
minutos después pasamos el imponente y sombrío Puente de Tablate, cuyo único,
brevísimo ojo, tiene nada menos que ciento cincuenta pies de profundidad.
El Tablate, más que río, es un impetuoso torrente que se precipita de la
Sierra en el río Grande, abriendo un hondísimo tajo vertical, tan pintoresco
como
horrible.
Aquella cortadura del único camino medio transitable que conduce a la
Alpujarra es una de las principales defensas de este país, su llave estratégica,
el foso de
aquel ingente castillo de montañas.
Así es que con este foso acontece lo que con el llano de Las Navas de
Tolosa, lo que con el Guadalquivir por la parte de Alcolea, lo que con el paso
de
Roncesvalles y demás campos de batalla repetidamente históricos: que se han dado
y
habrán de darse en lo sucesivo muchas acciones cerca de él y subordinándose
siempre el
plan de campaña al perpetuo fenómeno topográfico.
Ya dije más atrás que la Historia es esclava de la Geografía.
Ha habido, pues, muchos Puentes de Tablate, quemados unos, volados otros,
y todos cubiertos de sangre de fenicios, cartagineses, romanos, godos, árabes,
moriscos,
austriacos o franceses, y, por supuesto, de españoles de todos los siglos.
Circunscribiéndome al período histórico de que más suelo ocuparme en esta
obra, pudiera citar varios hechos de armas ocurridos a los dos lados de aquella
sima;
pero me limitaré a recordaros uno sólo; verdaderamente interesante.
El 10 de Enero de 1569: es decir, diez y siete días después de la elección de
ABEN-HUMEYA; hallándose ya éste en el corazón de la Alpujarra, y alzada en su
favor la mitad del Reino granadino, el MARQUÉS DE MONDÉJAR, que había salido
de la capital en busca de los insurgentes, con una división de dos mil
infantes y
cuatrocientos caballos, llegó a la vista del Puente de Tablate...
«Los rebeldes (dice un historiador), en número de tres mil quinientos,
capitaneados por GIRÓN DE ARCHIDONA, por ANACOZ y el RENDATI se habían
atrincherado en la cuesta y colinas que dominan por la parte de Lanjarón, y
cortado el
Puente de Tablate, que facilita el paso de un barranco profundísimo. El MARQUÉS
llevaba ordenada su gente en batallones y protegida por una manga de arcabuceros
y una vanguardia de corredores»
Al llegar a los visos inmediatos al Puente, se divisaron las partidas
moriscas, formadas bajo banderas blancas y coloradas, con ánimo de defender el
paso.
El MARQUÉS se adelantó con los arcabuceros y rompió el fuego, que fue
contestado;
pero como los arcabuces cristianos hiciesen estrago en los enemigos cedieron
éstos y se
alejaron algún trecho, en la persuasión de que era imposible pasar por el puente
desbaratado.
»Dio ejemplo a los soldados y terror a los moriscos un fraile francisco,
llamado FRAY CRISTÓBAL MOLINA, el cual, con un crucifijo en la mano izquierda,
una espada en la derecha, los hábitos cogidos en la cinta y una rodela a la
espalda, llegó
al paso, se apoyó en un madero, saltó, y, cuando todos esperaban verle caer, se
admiraron de contemplarle salvo en la orilla opuesta».
Siguiéronle dos soldados animosos: uno cayó y murió en lo hondo: el otro
fue más afortunado. Recompusieron éstos los maderos al abrigo del fuego de
los arcabuceros; facilitaron el paso a otros, y, últimamente, rechazados los
moros, y
consolidado el puente con tablones y piedras, pasó toda la división con
caballos, carros
y artillería, y se alojó en Tablate. El MARQUÉS peleó como soldado en primera
línea,
y a no haber sido por la fortaleza de su coraza, que le aplastó una bala,
hubiera
perecido.»
En cuanto a nosotros, pocos momentos después de pasar, sin peligro alguno,
el Puente de Tablate, tuvimos también la dicha de llegar sanos y salvos a la
Venta del
mismo nombre.
Esta Venta, llamada además de Luis Padilla (no sé si por referencia a su
fundador, a su propietario o a su inquilino), ocupa una posición tan
estratégica, bajo el
punto de vista hostelero, como el Puente bajo el punto de vista militar.
Aquel paraje es un foco de caminos (un fondac, que dirían los moros), donde
se cruzan todos los días los viajeros y trajinantes de la costa, los de Granada,
los del
valle y los alpujarreños.
Para la Alpujarra, sobre todo, la tal Venta es, ya que no su puerta, una
especie de aduana o portazgo avanzado sobre las vías oficiales de los hombres.
De allí arranca la senda de lo desconocido.
En prueba de ello, la Diligencia, no bien nos dejó en tierra, siguió adelante
hacia el Sur, para bajar como despeñada al Mediterráneo, mientras que nuestro
camino
amarilleaba hacia el Oriente, al modo de una flotante cinta, y desaparecía
luego
entre las montañas en busca de Lanjarón...
Pero entremos en la Venta.
¡Líbreme Dios de describirla! ¿Quién habla de ventas después de haber leído
el Quijote? ¿Qué pintor se atrevería a tratar de nuevo los asuntos pintados por
Velázquez?
Sólo os diré que allí encontramos a nuestros respectivos escuderos
(granadinos del Albaicin... de pura raza); que éstos nos tenían ensillados los
caballos,
antiguos conocidos nuestros; que el almuerzo nos aguardaba sobre la mesa,
gracias a
nuestra previsión, y que almorzamos (a la navaja, por supuesto) como se almuerza
a la
una de la tarde, cuando se está viajando desde las ocho de la mañana.
En tan grata operación nos hallábamos (si ustedes gustan, lectores, se
mejorará), cuando llegó en busca nuestra, para introducirnos en la Alpujarra (y
procedente de aquel florido lugar de Pinos del Valle que nos había parecido a lo
lejos un
nido de amores), el primero de los distinguidos alpujarreños que habíamos de
tener el
honor de conocer en nuestra expedición.
Éste era un ilustrado y amabilísimo joven, tan bizarro como discreto, a quien
no tardamos en querer muy de veras...
Reciba, pues, el afectuoso saludo que le dirijo en estos renglones... y la paz,
que dicen en la Morería.
A las dos en punto montamos a caballo.
¡Oh delicia! -¡Ya estaba bueno!
Disimuladme este ex abrupto. Es como una reminiscencia de la especie de
resurrección que sentí entonces. Es un testimonio de agradecimiento y cariño al
más
ilustre de los animales. Es una debilidad disculpable en un convaleciente. Es
una
vaciedad más del presente libro, -que en nada puede perjudicaros.
Pero, ya que he entrado en materia, elevaré la cuestión y diré que a los
simples mortales nos sucede lo contrario que a Anteo. Anteo recobraba su vigor
cuando
tocaba con los pies en la tierra, y nosotros solemos recobrar la salud y la
alegría tan
luego como nos vemos a caballo, con la ascética soledad de los montes a nuestra
disposición...
Y no es aquello de
¡Un caballo! ¡Un caballo y campo abierto...
y déjame frenético correr!...
que dice a gritos el Adam de El Diablo Mundo...
No. Ya no siente nadie la superabundancia de vida del héroe de Espronceda,
ni necesidad, como él, de desbravar su alma...
Es pura y simplemente que, al poner el pie en el estribo, parécenos que
reivindicamos nuestra libertad, como el pájaro que se evade de su jaula.
¡Ah! No lo dudéis: el hombre nació para centauro, y, por consiguiente, el
caballo es su complemento providencial.
En equivalencia, el hombre es el complemento del caballo.
Y, si no, decidme: -prescindiendo de la cuestión estética, -
¿comprendéis a este noble animal sin un jinete encima? ¿No os parece un ser
miserable,
como el hotentote sin religión, ropa ni ley? ¿No habéis reparado en la ufanía
con que
lleva el caballo al caballero, una vez ajustado entre ellos el consorcio, o sea
el tratado
ofensivo y defensivo? ¿Habéis visto un corcel en la guerra, en la entrada
triunfal de un
héroe, o pasando por la calle donde vive la novia del jinete... es decir, de su
asociado? -
En los tres casos diríase que el engreído cuadrúpedo procede por cuenta propia.
[...]
Resultado de todo: que partimos...
Pero ¡con qué emoción! ¡con qué júbilo! ¡con qué entusiasmo!
¡Baste decir que estábamos a media hora de Lanjarón, y a tres cuartos de
hora de la Alpujarra!...
Arrancamos, pues, al galope.
La legua que hay entre el Puente de Tablate y Lanjarón tiene todavía
honores de camino carretero; y no sólo los honores, sino también el ejercicio,
puesto
que la recorre todos los días, a saltos mortales, un coche especial, que sale de
Granada
con tan azarosa predestinación. De un modo o de otro, aquel camino se esconde
desde
luego entre los enormes y adustos contrafuertes de la gran Sierra, como si todo
estuviese ya consumado; como si ya hubiera concluido el Valle de Lecrin; como si
no
debieran reaparecer los horizontes del... siglo; como si ya hubierais tomado el
hábito de
alpujarreño...
Sin embargo, hay momentos en que se notan indicios de que aún falta que
ver algo relacionado con las profanas alegrías que se han dejado atrás.
Adivínase
(apuremos la anterior metáfora) que aún se tiene que pasar por aquella simbólica
ostentación de las glorias de la vida y de los bienes terrenales que precede a
la fúnebre
ceremonia de ciertos votos monásticos.
Todo esto quiere decir que de vez en cuando encontrábamos en el camino
largos convoyes de naranjas y limones, procedentes de aquella presunta austera
soledad,
-mientras que, a la puerta de tal o cual cabaña o cortijo, alzábanse, al lado de
carros
vacíos, altísimas pirámides... de más limones y más naranjas.
El criadero debía, pues, de estar muy cerca.
¡No estaba lejos! Repentinamente, -como cuando, al acabar una brillante
sinfonía, después de una pausa o de un pianissimo, estalla de nuevo la
interrumpida
stretta finale, y el imponente tutti del graduado crescendo llega al fortissimo
y al
strepitosso, semejando una tempestad de armonía; -así, pero no así, sino de un
modo
más sorprendente, que diría un poeta épico; -al revolver de una loma; al
esquivar un
viso; cuando menos lo esperábamos... apareció a nuestros ojos Lanjarón.
¡Alto y parada! -y procuremos enumerar ordenadamente, aunque sin echar
pie a tierra, todos los prodigios que resume esta palabra «Lanjarón», célebre
en
el mundo por la hermosura, fecundidad y riqueza del edén que lleva tal nombre y
por la
virtud de las aguas que allí se toman.
Vamos por partes.
Ante todo, descartemos los datos históricos y estadísticos, como muy ajenos
al cuadro que me propongo bosquejar.
Por fortuna, mis datos estadísticos se reducen a lo siguiente.- Lanjarón
encierra 2872 almas, número que se duplica en las temporadas de aguas y baños
con los
enfermos que acuden de toda la Península en busca de sus fuentes medicinales,
particularmente de una magnesiana y de otra acídula ferruginosa, que son las que
tienen
más nombre.
Comentario:
«El hígado es el lazareto de la bilis», ha dicho lord Byron: es así que las
aguas de Lanjarón son prodigiosas contra las afecciones hepáticas; luego
Lanjarón es el
antídoto de la tristeza, y hubiera bastado por sí solo a darle al Valle su
nombre de Valle
de la Alegría.
(Para comprender toda la lógica del anterior argumento es preciso ser muy
melancólico).
En cuanto a la historia de Lanjarón, está como resumida en dos hechos... que
no desmerecen entre sí, y que siempre debieran publicarse como yo los voy a
publicar, -
el uno detrás del otro.
El Viernes 8 de Marzo de 1500, durante la primera rebelión de los entonces
recién conquistados granadinos, el mismo FERNANDO EL CATÓLICO atacó
el Castillo de Lanjarón, defendido por un terrible y célebre capitán negro,
quien tenía a
sus órdenes nada menos que trescientos musulmanes escogidos.
Los cristianos, con un denuedo heroico, asaltaron el Fuerte bajo una lluvia de
balas y saetas, obligando a entregarse a toda la guarnición; pero el capitán
negro, por no
rendirse, se arrojó desde lo alto de una torre, y murió.
«Con esto (dice un cronista), y con la voladura de la mezquita, de Lanjarón,
llena de rebeldes, se sometieron todos, y fueron bautizados»...
Primer hecho.
Segundo hecho:
Era el 28 de Diciembre de 1568, o sea el día siguiente al de la proclamación
de ABEN-HUMEYA en Béznar...
Pero oigamos a Luis del Mármol:
«Luego como en Lanjarón (dice) se entendió el desasosiego de los moriscos,
el licenciado Espinosa y el bachiller Juan Bautista, Beneficiados de aquella
Iglesia, y
Miguel de Morales, su Sacristán, y hasta diez y seis cristianos, se metieron en
la Iglesia;
y llegando ABEN-FARAG les mandó poner fuego, y el Beneficiado Juan Bautista se
descolgó por una pleita de esparto, y se entregó luego al tirano, el cual le
hizo matar a
cuchilladas, y prosiguiendo en el fuego de la Iglesia la quemó, y se hundió
sobre los que
estaban dentro. Y haciéndolos sacar de debajo de las ruinas, los hizo llevar al
campo, y
allí no se hartaban de dar cuchilladas en los cuerpos muertos: tanta era
la ira
que tenían contra el nombre cristiano.»
Con que soltemos ya la pluma y cojamos los pinceles. Dejemos a los
hombres, y contemplemos a la Madre Naturaleza. Olvidemos las enfermedades
físicas y
morales que recuerda esa villa, y digamos todas las excelencias del cuadro que
acababa
de aparecer a nuestros ojos.
En primer lugar, descubrir a Lanjarón implicaba haber descubierto ya
también el que tantas veces hemos llamado «revés de Sierra Nevada». No de toda
la
Sierra ciertamente...; pero sí de una de sus cúspides más importantes, de la
segunda en
categoría, de la más popular acaso; del Picacho de Veleta, en fin, heredero
inmediato de
la corona del Mulhacén.
En efecto: estábamos, por la banda del Sur, al pie del afortunado monte a
cuyo lado opuesto habíamos dejado a Granada hacía pocas horas... ¡Sólo que allá
el
galante coloso se eleva gradualmente sobre la hechicera ciudad, merced a una
serie de
transacciones con la llanura, mientras que en Lanjarón lo veíamos levantarse
sobre
nosotros casi verticalmente, áspero, altivo, abrumador, en toda la plenitud de
su tiránica
potestad!
Enterados de esto, imaginaos ahora las siguientes maravillas, acumuladas
una sobre otra, como una edificación de titanes, desde la hondura del
Valle de
Lecrin hasta la región que rara vez logran escalar las nubes.
Poned en todo lo alto, destacándose en la inmensidad del cielo, a doce mil
seiscientos ochenta pies de elevación, un disforme y atrevido cono de intacta
nieve.- Es
el Picacho, el elegante califa de la Sierra, feudatario del inaccesible Gran
Señor de
aquel imperio.
Debajo del cono de nieve, colocad, aunque no las veáis, una meseta y unas
hondonadas interiores, donde hay misteriosas lagunas, nacimientos de grandes
ríos y
resguardados ventisqueros.- Todo aquello es el famoso Corral del Veleta.
Desgajad de esa especie de plataforma otro monte, o sea un nuevo cuerpo de
tan inconmensurable edificio.- Es Cerro Caballo, magnate del susodicho califato,
cubierto también de nieve ante el rey.
Suponed, por último, en medio de este monte una segunda meseta, donde se
encuentran mármoles parecidos al ámbar y al nácar, el llamado jaspe verde de
Granada
(que no es otro que la serpentina) y todos los tesoros que enumeráremos más
despacio
cuando estudiemos a fondo la próvida Cordillera...- De aquella segunda
plataforma
arranca el Cerro patrimonial de Lanjarón.
Este Cerro, loma o estribo, que todavía principia donde nunca ha reinado la
primavera, y termina, debajo de nosotros, donde nunca ha reinado el invierno, no
tiene tal vez igual en el mundo. Él solo, independientemente de la inmensa
estratificación que acabamos de reseñar, ofrece el aspecto de una ciclópea torre de pisos,
por el
estilo de esas torres de Babel que se atreven a dibujarnos los ilustradores de
la Biblia;
o, más bien, simula un descomunal anfiteatro convexo, más alto que ancho, en
cuyas
gradas ha escalonado la Naturaleza una prodigiosa exposición de todo el reino
vegetal.
Allá arriba, donde un perpetuo frío achica los robles, las encinas y los
castaños, se crían el liquen del Spitzberg, la sablina de Noruega, el
quebrantapiedras de
Groenlandia y los sauces herbáceos de Laponia. Más abajo, donde los castaños y
las
encinas se agrandan, y aparecen ya los cerezos y manzanos silvestres, con los
tejos, el
boj, los aceres y los alisos, prodúcense la salvia, una manzanilla especial, la
mejorana,
el ajenjo, y otras plantas aromáticas y alpinas. Luego siguen los morales, los
fresnos y
las higueras: después los olivos, las vides y los granados: a continuación los
naranjos y
los limoneros; y, por último, la africana pita, la higuera chumba, el plátano de
América
y la palmera de los desiertos de Arabia.- Añadid a esto, en ordenada progresión,
todos
los demás frutales, flores, semillas y cereales de las tres zonas en que se
divide la Tierra,
pues de ninguno falta allí un ejemplar, y formaréis una leve idea de la riqueza
de aquel
vergel, tan curioso como productivo.
Pues ¿qué diré de su hermosura?
Contábannos allí (y harto lo adivinábamos nosotros) que cuando dos meses
después, en mayo, tienen pámpanos todas las vides y hojas todos los árboles
(hasta
aquéllos que vegetan en las eternas nieves), Lanjarón es un sueño de
poetas...
Lo que yo puedo asegurar es que, en marzo, cuando lo vimos nosotros,
parecía un verdadero paraíso; pues, en la base del cerro, todo era ya verdor, y
hasta
fruto; en su cumbre, abundaban aquellos árboles que no pierden sus hojas en el
invierno; y, en la parte intermedia, los almendros, los guindos, los cerezos,
los perales y
los durasnos, si no tenían hojas, tenían algo mejor: tenían flores, -ora
cándidas, ora
rosadas, ora bermejas, asemejándose a esos árboles fantásticos que creemos
inverosimilitudes de la escenografía.- Combinad ahora todo esto con infinidad de
espumosas cascadas, con las pintas rojas de las naranjas o las amarillas de los
limones,
con los vistosos matices de las piedras, con el blanco de la nieve y con el azul
del cielo;
agregad, en primer término, las bruscas líneas de las casas, la torre de la
iglesia y el
humo de los hogares, sirviendo como de alma humana a aquel portentoso conjunto;
figuraos, en fin, al sol y a la sombra, con sus poéticos pinceles, armonizando
colores,
dulcificando tintas y estableciendo el pintoresco claroscuro de una composición
tan
prodigiosa, y tendréis otra leve idea del arrebatador espectáculo que había
aparecido
ante nuestros ojos.
Podía decirse que aquello era una fusión de las cuatro Estaciones, la síntesis
del Valle y de la Alpujarra, un resumen de todas las maravillas de la Madre
Sierra, la
compendiosa sinfonía de todo nuestro viaje...
Y otras muchas cosas más podían decirse; pero nosotros dimos aquí punto a
nuestra contemplación, pues nos devoraba la impaciencia por seguir
marchando...
¡Cómo no... si ya estábamos a pocos minutos de la Alpujarra!
Fuera ya de Lanjarón, ganamos de una trotada cierto célebre viso, que siento
no tenga nombre propio, desde el cual se disfruta la más recomendada vista de
aquel
delicioso pueblo y se descubre también (por la vez postrera) todo el ameno Valle
de
Lecrin...
Pero nosotros no teníamos ya ojos, ni tranquilidad, ni tiempo para
contemplar con la delectación que se merece aquella extensa y radiante
perspectiva;
sino para darle, cuando más, un rápido y solemne adiós; para saludar en ella el
último
asomo del mundo que íbamos a dejar; para despedirnos de los horizontes
conocidos, y
ver de llamar luego nuestro espíritu a sí propio, a fin de entrar con el debido
recogimiento en el horizonte inexplorado, en la tierra misteriosa, en la región
de
aquellos sueños y curiosidades que enumeré al comienzo de este libro...
Porque (¡loor a Dios, que es digno de loores!) iba a llegar el momento
presentido: del lado allá de la altura en que nos despedíamos del Valle...
principiaba la
Alpujarra: dejar de ver una comarca y empezar a ver la otra, sería una cosa
misma:
bajar la cuesta, distante pocos pasos, que se encuentra al reverso de aquella
loma,
equivaldría, en fin, a penetrar en la inexpugnable ciudadela de ABEN-HUMEYA y
ABEN-ABOO, en el amurallado imperio de Sierra Nevada, en los dominios de
la leyenda y de la poesía, en el escenario de las lúgubres tragedias humanas y
de las
terribles convulsiones geológicas, en el palenque de las catástrofes y los
cataclismos.
La escabrosa senda en que habíamos entrado (los caminos de ruedas habían
concluido ya definitivamente) parecía, pues, un largo rótulo, trazado sobre
aquella
crítica eminencia, y que en el rótulo se leía tal o cual imitación del más
conocido... digo,
del más citado terceto de Dante:
Per me si va [...]
Per me si va [...]
Per me si va [...]
Colocando iba yo mentalmente hemistiquios de mi cosecha en lugar de estos
puntos suspensivos, cuando dio una repentina vuelta el sendero, y Lanjarón y el
Valle
desaparecieron a nuestros ojos.
Estábamos en la Alpujarra.