Prolegómenos
Principiemos por el principio.
Muy poco después de haberme encontrado
yo a mí mismo (como la cosa más natural
del mundo) formando parte de la
chiquillería de aquella buena ciudad de
Guadix, donde rodó mi cuna (y donde,
dicho sea de paso, está enterrado
ABENHUMEYA), reparé en que me andaba
buscando las vueltas el desinteresado
erudito, Académico... correspondiente
de la Historia, que nunca falta en las
poblaciones que van a menos.
Recuerdo que donde al fin me abordó fue
en las solitarias ruinas de la
Alcazaba. Yo había ido allí a ayudarle a
los siglos a derribar las almenas de un
torreón árabe, y él a consolarse entre
las sombras de los muertos de la
ignorancia de los vivos.
Tendría él sesenta años, y yo nueve.
Al
verlo, di de mano a mi tarea y traté de
marcharme pero el hombre de lo pasado
me atajó en mi camino; congratulose muy
formalmente de aquella afición que
advertía en mí hacia los monumentos
históricos; tratome como a compañero
nato suyo, diome un cigarro, mitad de
tabaco y mitad de matalahúva, y acabó
por referirme (con el más melancólico
acento y profunda emoción, a pesar de
ser muy buen cristiano y Cofrade de la
Hermandad del Santo Sepulcro) todas las
tradiciones accitanas del tiempo de los
moros y todas las tradiciones
alpujarreñas del tiempo de los moriscos,
poniendo particular empeño en sublimar a
mis ojos la romántica figura de ABEN-HUMEYA.
Yo
lo escuché con un interés y una
agitación indefinibles..., y desde
aquel punto y hora abandoné la empresa
de demoler la Alcazaba y di cabida al no
menos temerario propósito de salvar un
día las eternas nieves que cierran al
Sur el limitado horizonte de Guadix, a
fin de descubrir y recorrer unos
misteriosos cerros y valles, pueblos y
ríos, derrumbaderos y costas que, según
vagas noticias (tal fue la fórmula de
aquel genio sin alas), quedaban allá
atrás, como aprisionados, entre las
excelsas cumbres de la Sierra y el
imperio líquido del mar...
Porque aquella región, tan inmediata al
teatro de mis únicas puerilidades
legítimas, y de la cual, sin embargo,
todo el mundo hablaba sólo por
referencia; aquella tierra, a un tiempo
célebre y desconocida, donde resultaba
no haber estado nunca nadie; aquella
invisible comarca, cuyo cielo me sonreía
sobre la frente soberana del Mulhacén,
era la indómita y trágica Alpujarra.
Allí (habíame dicho en sustancia el
amigo de las ruinas, y repitiome luego
la Madre Historia) acabó verdaderamente
el gigantesco poema de nueve siglos que
empezó con la traición de D. Julián y
que juzgó terminado ISABEL LA CATÓLICA
con la toma de Granada; aquélla fue la
Isla de Elba del desventurado BOABDIL,
desde su memorable destronamiento hasta
que se vio definitivamente relegado a
los desiertos de la Libia; allí
permanecieron sus deudos y antiguos
súbditos, durante ochenta años más,
legándose de padres a hijos odios y
creencias, bajo la máscara de la
Religión vencedora; allí estalló al cabo
el disimulado incendio, y ondearon
nuevamente entre el humo del combate los
estandartes del Profeta; allí se
desarrolló, lúgubre y sombrío, el
sangriento drama de aquellos dos
príncipes rivales, descendientes de
Mahoma, que sólo reinaron para llevar a
un desastroso Waterloo el renegado
islamismo granadino; y allí fueron, no
ya vencidos, sino exterminados,
aniquilados y arrojados al abismo de las
olas, sus últimos guerreros y visires,
con sus mujeres y sus hijos, con sus
mezquitas y sus hogares, único modo de
poder extirpar en aquellas guaridas de
leones la fe musulmana y el afán de
independencia.- La nube de alarbes que
entró por el Estrecho de Gibraltar como
tromba de fuego, y que por espacio de
ochocientos sesenta años recorrió
tronando el cielo -10- de la Península,
desbaratose, pues, entonces, y volvió de
España al mar, en arroyos de lágrimas y
sangre, por las ramblas y barrancos de
la despedazada Alpujarra.
Buscar (para adorarlas poéticamente) en
los actuales lugares y aldeas de aquella
región, las ruinas de los pueblos que
dejó totalmente deshabitados la
expulsión de los moriscos; evocar en
toda regla entre los nuevos
alpujarreños, oriundos de otras
provincias españolas, los encapuchados
fantasmas de los atroces Monfíes o de
los airosos caballeros árabes que
componían la corte militar de ABEN-HUMEYA
y ABENABOO; seguir los pasos de estos
dos régulos de aquellas montañas, y
lamentar patéticamente los funestos
amores del uno, la cruel desdicha del
otro, las traiciones que los pusieron
frente a frente, y las catástrofes que
de aquí se originaron, todo ello en el
propio paraje en que aconteció cada
escena; saludar (o maldecir en nombre de
un equívoco sentimiento cosmopolita) los
campos de batalla inmortalizados por las
victorias de los Marqueses de MONDÉJAR y
de los VÉLEZ, del Duque de SESA y de don
JUAN DE AUSTRIA, y discernir, con toda
la severidad correspondiente, los
calamitosos resultados que trajo a la
común riqueza la política intolerante de
FELIPE II y FELIPE III; -tal fue, en
resumen, el interés histórico que
ofreció desde entonces a mi imaginación
la idea de un viaje a las vertientes
australes de Sierra Nevada; interés
histórico que, llegado que hube a la
juventud, participó algo (no lo debo
ocultar) de cierta filantropía, tan
superficial y fatua como extensa, a la
sazón muy de moda, y cuyo especial
influjo en el ánimo de los granadinos,
para todo lo concerniente a los moros,
paréceme bastante digno de disculpa.
Semejante afán por aquel viaje subió
luego de punto al estímulo de otra
curiosidad vehementísima y de índole más
real y permanente, que denominaré
interés geográfico.
Sierra Nevada es el alma y la vida de mi
país natal. A su pie, reclinada la
frente en sus últimas estribaciones
septentrionales y tendidas luego en
fértiles llanuras, están, en una misma
banda, la soberbia y hermosa capital de
Granada y mi vieja y amada ciudad de
Guadix; a diez leguas una de otra;
aquélla al abrigo del elegante Picacho
de Veleta, y ésta al amparo del supremo
Mulhacén, cuyos ingentes pedestales se
adelantan al promedio del camino con
titánica majestad. Bajan de aquella
Sierra, por lo tanto, los ríos que
amenizan las Vegas de ambas ciudades,
los veneros de las fuentes que apagan la
sed de sus moradores, las leñas que
calientan sus hogares, los ganados que
les dan alimento y los abastecen de
lana, cien surtideros de aguas
medicinales, salutíferas hierbas y
semillas, mármoles preciosos, minerales
codiciados, y el santo beneficio de las
lluvias, que allí se amasan en legiones
de pintadas nubes y luego se esparcen
sobre la tierra, no sin almacenar antes,
en perdurables neveras y renovadas moles
de hielo, el fecundante humor que ríos y
acequias, pozos y manantiales destilan Y
distribuyen próvidamente durante las
sequías del verano.
Pero ni en Guadix ni en Granada
conocemos más que una de las faces de
pizarra y nieve de aquella muralla
eterna que se interpone entre sus
campiñas y el horizonte del mar; muralla
insigne por todo extremo en el escalafón
orográfico; como que es la cordillera
más elevada de toda Europa, si se
exceptúa la de los Alpes. Hay que
esquivarla, pues, para pasar al otro
lado y trasladarse a la costa, y yo la
esquivé, en efecto, repetidas veces, ora
buscando en su extremo occidental el
portillo del Suspiro del Moro, y bajando
de allí despeñado hasta Motril, ora
flanqueándola por Levante hasta ir a
parar a las playas de Almería.
No
se consigue, sin embargo, ni aun por
este medio, ver el reverso de la Sierra,
ni vislumbrar remotamente aquel espacio
de once leguas de longitud por siete de
anchura en que queda encerrada la
Alpujarra. Lejos de esto, la curiosidad
llega hasta lo sumo al reparar en el
empeño con que la gran Cordillera,
auxiliada por sus vasallas laterales,
oculta su aspecto meridional y el
fragoso Reino de los moriscos.- Sierra
de Gádor, por una parte, y Sierra de
Lújar, por la otra, cubren los costados
de aquel inmenso cuadrilátero, dejando
siempre en medio, encajonado e
impenetrable a la vista, el secreto de
Sierra Nevada, el principal teatro de
las hazañas de ABEN-HUMEYA, las tahas de
Órgiva, Ugíjar, Andarax y los dos
Ceheles; regiones misteriosas, cuya
existencia no puede ni aun sospecharse
desde las comarcas limítrofes; tierras
de España que sólo se ven desde África
o desde los buques que pasan a lo largo
de la Rábita de Albuñol.
Sin
gran esfuerzo os haréis cargo del nuevo
atractivo que estas singulares
condiciones topográficas le añadirían en
mi imaginación a aquel país de tan
románticos recuerdos. ¡Suprimir la
Sierra; desvelar la Alpujarra, si
licet exemplis in parvo grandibus
uti, representábame un placer
análogo al que experimentaría Aníbal al
asomarse a Italia desde la cúspide de
los Alpes, o Vasco Núñez de Balboa al
descubrir desde lo alto de los Andes la
inmensidad del Pacífico!
Pues agréguese ahora la dificultad
material de transportarse al otro lado
del Mulhacén, o sea el infernal encanto
de la incomunicación.
No
habláramos de acometer la empresa de
frente desde la ciudad de Granada. La
Sierra, no es franqueable en todo el
año, sino algunos pocos días del mes de
Julio («entre la Virgen del Carmen y
Santiago» -dicen los prácticos del
terreno), y eso con insufrible fatiga y
peligros espantosos... Cierto que por la
parte de Guadix, casi al extremo de la
cordillera, hay un Puerto, llamado de la
Ragua (Rawa se escribía antes), al que
conducen escabrosísimas sendas, y por
donde es algo frecuente el paso en días
muy apacibles, si bien nunca en el
-rigor del invierno; pero, así y todo,
se han helado allí, en las cuatro
Estaciones, innumerables caminantes, de
resultas de los súbitos ventisqueros que
se mueven en aquel horroroso tránsito.
Quedaba el camino de Lanjarón, que es el
ordinario y el histórico; mas, aunque
fuese el menos malo (pues el entrar por
la costa en el territorio alpujarreño no
se avenía con mis ilusiones), todavía me
lo pintaban áspero, difícil, arriesgado,
pavoroso, sobre todo de Órgiva en
adelante; verdadero camino de palomas,
según la frase vulgar, sujeto a largas
interrupciones y contramarchas a la
menor inclemencia de los elementos.
Explicábame ya, por consiguiente, la
singularidad de que la Alpujarra sólo
fuera conocida de sus hijos; de que
apenas existiese un mapa que la
representara con alguna exactitud, y de
que ni los extranjeros que venían de
Londres o de San Petersburgo en busca de
recuerdos de los moros, ni los poetas
españoles que cantaban estos recuerdos
de una gloria sin fortuna, hubiesen
penetrado jamás en aquel dédalo de
promontorios y de abismos, donde cada
peñón, cada cueva, cada árbol secular
sería de juro un monumento de la
dominación sarracena.
Mi viaje a África con aquel ejército
(hoy ya casi legendario) que plantó la
bandera de Castilla sobre la Alcazaba de
Tetuán; mi larga residencia en aquella
ciudad santa de los musulmanes, a la
cual se refugiaron, del siglo XV al XVII,
innumerables moros y judíos expulsados
de España; mis frecuentes coloquios, ora
con Sabios hebreos que aún hablaban
nuestra lengua, ora con mercaderes
argelinos versados en el francés, ora
con los mismos marroquíes, merced a
nuestro famoso intérprete Aníbal Rinaldy;
mis interminables pláticas con el
historiador y poeta Chorby, en cuya casa
encontré una hospitalidad verdaderamente
árabe; aquellas penosas y casi estériles
investigaciones a que me entregué con
todos ellos respecto del ulterior
destino de tantos ilustres moros
españoles como desaparecieron en los
arenales africanos, a la manera de
náufragos tragados por el mar, todas
aquellas aventuras, emociones,
complacencias y fantasías que forman, en
fin, gran parte del Diario de un Testigo
de la Guerra de África, lejos de calmar
mi ardiente anhelo de conocer la tierra
alpujarreña, hiciéronlo más activo y
apremiante.
Las
tradiciones y noticias de los moros y
judíos de 1860 acerca de la estancia de
sus mayores en nuestro suelo eran menos
inexactas y borrosas cuando se trataba
de la Alpujarra, y de la Guerra de los
moriscos, que cuando se referían a otros
territorios y sucesos de Andalucía. El
último héroe musulmán de España, ABEN-HUMEYA,
inspirábales especialmente una profunda
veneración, como si vieran en él un
modelo digno de ser imitado en Ceuta y
en Melilla por los marroquíes sujetos a
la dominación cristiana.
Ni
era esto todo: aquellos fanáticos
islamitas, semibárbaros en su vida
externa, místicos y soñadores en lo
profundo de su alma, dejábanme entrever,
cuando la afectuosidad de una larga
conferencia los hacía menos recelosos y
desconfiados, esperanzas informes y
remotas de que la morisma volviese a
imperar en nuestra patria; y entonces,
al expresarme la idea que tenían de la
hermosura de estos sus antiguos Reinos,
celebraban sobre todo la comarca
granadina, y, nominalmente, algunas
localidades alpujarreñas, avergonzándome
de no haberlas visitado; ¡a mí, que las
tenía tan cerca del pueblo de mi cuna!
La historia, pues; la geografía: un
culto filial a Sierra Nevada; no sé qué
pueril devoción a los moros, ingénita a
los Andaluces; la privación, los
obstáculos, la novedad y el peligro,
conspiraban juntamente a presentarme
como interesantísima una excursión por
la Alpujarra.
Sin
embargo, cuantas veces la proyecté, y
fueron muchas, otras tantas hube de
diferirla, con pesar o remordimiento, ya
para atender a menos gratos cuidados, ya
para lanzarme caprichosamente a más
remotas y noveleras expediciones.
Pero he aquí que de pronto, y cuando ya
estaban algo amortiguados en mi espíritu
ciertos entusiasmos y fantasmagorías de
la juventud, circunstancias harto
penosas condujéronme a realizar el sueño
de toda mi vida.
Poco antes de empezar la última
primavera, encontrándome en esta inmensa
oficina llamada Madrid, donde sólo hay
aire respirable para los días de
prosperidad y ventura, plugo a Dios
enviarme uno de aquellos dolores que
sólo se pueden comparar al embeleso de
que nos privan...
¡Oí
los pasos de los que se llevaban al
cementerio una hija de mi corazón, y
quedéme asombrado de no morir cuando me
arrancaban el corazón con ella!...
Perdóneseme este primero y último grito
con que profano la majestad de mi
sentimiento; pero hubiera considerado
más impío no ponerle a este melancólico
viaje su verdadera y triste fecha...
Partida el alma, quebrantada la salud,
mis noches sin sueño, volví los ojos,
por consejo de personas amadas, hacia la
Madre Naturaleza, eterna consoladora de
los infortunios humanos...,
Y
como un amigo mío queridísimo tuviese
por entonces precisión de recorrer la
Alpujarra, quedó convenido que iríamos
juntos...
Ahí
tenéis la historia de por qué se hizo
este viaje.
Escuchad ahora la historia del viaje
mismo. 10 de Marzo de 1873
[...]
HOMERO.- Aunque yo me hubiera matado a
fuerza de imaginar fábulas alegóricas,
todavía habría podido suceder que la
mayor parte de las gentes hubiesen
tomado la fábula en un sentido demasiado
próximo, sin buscar más lejos la
alegoría.
ESOPO.- Eso me alarma... ¡Me horrorizo
al pensar si irán a creer los lectores
que los animales han hablado
verdaderamente, como lo hacen en mis
apólogos!
HOMERO.- Es un temor muy chistoso...
ESOPO.- ¡Toma! Si ha llegado a creerse
que los dioses, han dicho las cosas que
vos les hacéis decir, ¿por qué no se
había de creer que los animales han
hablado de la manera que yo les hago
hablar?
HOMERO.- ¡Ah! No es lo mismo. Los
hombres aceptan que los dioses, sean tan
locos como ellos; pero no admiten que
los animales sean tan sabios.