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INTRODUCCIÓN: Los
protagonistas de la conquista establecieron unas estructuras políticas sólidas
que permitieron el dominio de la Curva del Níger por sus descendientes al menos
hasta el imperio peul de Masina (1833), conservando después una hegemonía
local y de clase hasta prácticamente la actualidad. Este
capítulo, sin duda el más importante, no es el único existente respecto a las
relaciones entre Andalucía y el Sudán. Con anterioridad, un arquitecto, Abu
Isac Es-Saheli el Garnati definió todo un estilo constructivo, denominado sudanés,
que marcó los dominios de los Askia. Estas formas arquitectónicas han
perdurado hasta nuestros días mediante el denominado estilo «neosudánico»,
habiendo llegado a ejercer su influencia hasta el sur de Argelia.
La
valía de este ejército profesional quedó sobradamente demostrada en la
jornada de Alcazarquivir. Desde entonces, Al-Mansur no hizo más que consolidar
e incrementar esa élite militar cuya composición fue variando sustancialmente
desde 1578 hasta 1590. El cambio más importante será la disminución del
componente turco para marcar las distancias con el otro grupo islámico que
dominaba el Mediterráneo; que había sido su protector y con quien terminaría
enfrentándose en el terreno, al menos, diplomático. Por otro lado, el fin de
la guerra de las Alpujarras con sus consiguientes expulsiones forzaría a una
importante emigración de moriscos expertos en la lucha que incrementarían este
ejército. Finalmente, es muy plausible la hipótesis de que el fin de la guerra
alpujarreña, poco antes de la expedición al Níger, dejará sin trabajo a un
buen contingente de hombres de armas cristianos, aptos para ser enrolados en la
misma aventura que sus recientes enemigos. Numerosos antecedentes históricos
hacen bastante posible esta idea, y ello explicaría que la lengua generalmente
empleada en el ejército expedicionario fuera el castellano. Económicamente
este nuevo estado marroquí era difícil de sostener máxime cuando sus
principales ingresos provenían de impuestos religiosos gestionados por las
zawiyas.
El potencial agrícola del sur basado en la caña de azúcar estaba en
decadencia por la fuerte competencia de las islas Canarias, Azores y Madeira y
solamente el tráfico de mercancías del Sudán posibilitaba ingresos
cuantiosos. No obstante, esta fuente de ingresos estaba dejando de producir, al
abandonar las caravanas la ruta marroquí en favor de Túnez, Libia y Egipto. Por
tanto, la solución a la crisis pasaba por una política expansionista solo
posible hacia el sur donde se localizaba una de las fuentes tradicionales de
ingresos, el suministro de esclavos y oro ahora en declive. Además, la
estructura de las potencias en el concierto mundial del momento (España,
Francia, Inglaterra y Turquía) le impedían extenderse en otras direcciones Las
consecuencias económicas y políticas de la conquista tuvieron mayor
trascendencia de la que pudiera parecer a simple vista. En el plano económico,
tras la decepción inicial por no hallarse en esa zona las minas de oro que
estaban más al sur, en los nacimientos de los ríos Senegal y Níger, el
balance fue netamente positivo para Marruecos; la cantidad de oro, esclavos y
productos tropicales que le aportó la conquista convirtieron a este país en el
más solvente de la zona. Pero
fue sobre todo en el plano político donde consiguió sus mayores éxitos.
Marruecos fue considerada por Francia, España y Turquía como una potencia atlántico-mediterránea
con la que había que contar forzosamente. Comerciantes y espías ingleses
afincados en Marrakesh hablan de enormes cargamentos de riquezas que hicieron
aconsejar al embajador inglés, Edmund Hogan, la alianza con este estado
norteafricano. La alianza se hizo y Al-Mansur envió a Isabel I la propuesta
audaz de invadir conjuntamente la Península Ibérica, proyecto nada utópico si
pensamos en una Inglaterra bien consolidada tras el desastre de la Invencible y
en la aquiescencia de Francia y Turquía. Sin duda la muerte de ambos soberanos
hizo que el proyecto no se llevara a cabo. Marruecos,
en las dos últimas décadas del siglo XVI había desarrollado una intensa
actividad diplomática entre España e Inglaterra. Relaciones marcadas por la
desconfianza y el miedo mutuos. Marruecos, en principio la parte más débil,
planteará tratados de amistad a ambos países europeos. Pero a partir de la
conquista del Sudán y del fracaso de la Invencible, el sultán romperá éstos
con España proponiendo a Isabel el proyecto de invasión referida. Este
potencial desapareció tras la muerte de AlMansur. Con las luchas entre sus
hijos por la sucesión y la independencia de hecho del Sudán, comienza la
decadencia de la dinastía saadi que había llegado con AI-Mansur a su más alto
grado de esplendor. La
consolidación del régimen saadi tras la batalla de Alcazarquivir (1578), tanto
a nivel nacional como internacional, va a permitir a Al-Mansur llevar a cabo un
viejo plan dinástico: la creación de un gran imperio en el Africa Occidental
con la anexión del Sudán. Para
llevar a cabo la conquista se comenzó en plano militar, por la anexión de los
oasis de el Tuat y Guara en 1584 cortando la comunicación directa entre los
turcos y el imperio songai. Un año después se envió a un ejército compuesto
por marraquies siguiendo la ruta occidental, bordeando el Sahara español que
acabó en un desastre. No obstante cumplió dos objetivos fundamentales: primero
el de debilitar militarmente a una tribu de bereberes que no eran todo los
leales al régimen que el sultan hubiera deseado; y, en segundo lugar, convencer
los Askia que cualquier invasión vendría por el oeste. Por
último, en 1585 un destacamento de doscientos hombres arrasó las minas de
Teghaza que, a medio. camino en línea recta entre Marruecos y Tombuctú habían
sido continua manzana de discordia durante decenios. Además de servir para
explorar el territorio intermedio, el golpe de mano supuso que Teghaza, antes
puesto avanzado enemigo, pasó a convertirse en un conveniente y neutralizado
lugar de etapa para la futura invasión. En
otro orden de cosas, al finalizar la guerra de las Alpujarras los moriscos
fueron expulsados del reino de Granada hacia tierras castellanas. En estos
momentos una razia turca se llevó del vaIle del Almanzora en la actual
provincia de Almería a 300 muchachos que fueron a parar al palacio de Al-Malek
de Marrakesh. Yuder salió probablemente con ellos conviniéndose en un miembro
más de esos españoles de Marruecos que eran despreciados por cristianos, a
pesar de constituir una minoría importante en el ejército y en la economía.
Yuder se crió en el palacio. Sobresalió en la famosa batalla de los Tres
Reyes, así llamada porque murieron en ella AI-Malek, AI-Muttawakil y don
Sebastián de Portugal, pasando este país a manos de Felipe II y Yuder a caid
de Marrakesh. Marrakesh era en aquella época una fascinante capital a la que
acudían aventureros europeos de todas las nacionalidades en busca de fortuna.
En ella vivían pueblos enteros, huidos de la Península, como Orgiva y
Tabernas, además de 20.000 prisioneros portugueses y 1500 españoles, cogidos
en la batalla referida. Convencida
la asamblea de hombres doctos por Al-Mansur de que él era el gran "Mahdi"
esperado que venía a salvar a la tierra del error y de la ceguera, en octubre
de 1590 salió Yuder de Marrakesh con un ejército de 4.000 granadinos y 500
europeos, élite del ejército, más 60 cristianos, arrancados por Yuder de la cárcel,
1.500 lanceros moros y 1.000 auxiliares al cargo de 8.000 camellos que portaban
las provisiones y el material de campaña. La empresa no era fácil ya que tenían
que atravesar el gran desierto. Tras
el paso del desierto, Yuder llegó a Karabara, al este de Tombuctú, lugar
cercano a Tondibi, donde Yuder dio batalla al askia Ishaq II de Gao, que le salió
al paso con un ejército de 40.000 hombres el 13 de marzo de 1591. El sudanés
al tener noticias de la expedición había mandado al grueso de su ejército a
la zona occidental, por donde, se suponía, debía realizarse la invasión. De
todos modos la victoria no fue fácil. A Yuder le quedaban algo más de 2.000
hombres y los colocó, con el río a las espaldas, a la derecha los europeos, a
la izquierda los andalusíes y él en el centro, poniendo la caballería en la
retaguardia. El ejército del askia, que iba acompañado de brujos, magos y
hechiceros, se componía de 9.000 infantes trabados voluntariamente para no
huir, 12.000 jinetes con lanzas y los restantes eran arqueros. La
batalla fue terrible. Para contrarrestar el efecto de los cuatro cañones que
llevaba Yuder y del fuego de los arcabuces, el askia ideó el ardid de mandar
contra él un rebaño de bueyes, pero éstos se volvieron y desbarataron sus
propias filas, asustados por el ruido de las armas de fuego, la pólvora y la
artillería decidieron el combate. El askia se refugió tras la duna roja de Gao
en Gurma, y lo mismo hicieron muchos de sus habitantes, que perecieron en gran número
en el río, hundidas las barquillas por el mucho oro que llevaban. La
población fue respetada y sólo se saquearon las casas de los notables huidos.
Perdonó igualmente la vida al askia, que le ofreció declararse vasallo del
sultán, el pago de 100.000 piezas de oro y 1.000 esclavos, la entrega de un
tributo anual y el monopolio de la importación de la sal de Taodeni, que se
intercambiaba al peso por oro, y de los «cauris», conchillas que los negros
usaban por moneda y que se importaban de El Cairo y de la Meca. La
aceptación de estas condiciones por Yuder le valió su destitución, siendo un
misterio el que aceptara su relevo. Fue sospechoso de condescender con el
enemigo y desposeído del mando (aunque no del rango de pachá) y sustituido por
Mahmud-benZergun que era el reverso de su antecesor. Duro, expeditivo, colérico
y un tanto soberbio, acabó su vida en 1595 en una de tantas escaramuzas
sostenidas con la guerrilla. Mientras tanto Yuder vivió la mayoría de esos
cuatro años en Gao asegurando la inmediata retaguardia de los combatientes. A
la muerte de ben-Zergun, Yuder salió de su retiro y se convirtió de hecho en
la única autoridad estable frente al mando efímero de los nuevos pachás
sucesivamente enviados desde Marruecos. Aclimatado a la estimulante vida de
Tombuctú e idolatrado por la tropa usó cuantas excusas pudo para permanecer en
un dominio donde se le reconocía el derecho de primer ocupante conforme a la
costumbre islámica.
Por fin en las postrimerías de
1598 no tuvo más remedio que regresar ante el mandato perentorio de Al-Mansur.
Su triunfal entrada en Marrakesh, cargado de presentes, fue el prólogo de una
brillantísima carrera político-militar que acabó en 1605 con su muerte en
medio del torbellino de las luchas por el trono entre los hijos de Al-Mansur.
El
imperio andalusí de estos Armas (así se llama a los descendientes de los
conquistadores) se mantuvo en el Níger hasta 1 737, año en el que los tuareg
los derrotaron en la batalla de Toya, en la que murieron 300 Armas, aunque el
grupo mantuvo su señorío sobre la ciudad hasta la llegada de los franceses a
fines del XIX, en 1893, e incluso, lo han seguido manteniendo hasta nuestros días;
pues siguen siendo la élite en las principales ciudades de la Curva del Níger. Tombuctú,
por su situación estratégica, en la parte noroccidental de la Curva del Níger,
había funcionado como capital comercial y cultural primero y como capital política
del imperio mandingo o malinke después. En sus siglos de esplendor, del XIV al
XVII, constituyó el punto de convergencia de las tres grandes rutas (oriental,
central y occidental) por las que se desarrollaba el tráfico comercial entre el
Africa del norte y el Africa subsahariana. Tombuctú constituía, en la frase gráfica
de Atilio Gaudio (1967, cap. VI), «el punto de encuentro entre la piragua y el
camello», entre el mundo sahariano y la sabana y selva tropical. Por todas
estas razones resulta lógica la elección de Tombuctú como capital del
pachalik, frente a Gao, que era la capital política del imperio songai. En
este sentido, los nuevos dominadores encontraron apoyo no solo en buena parte de
los letrados y de la clase comerciante, muchos de ellos de origen norteafricano,
sino también en una parte significativa de la nobleza sonrhai, encabezada por
el Askia Ishaq II. La casta de los Armas proviene precisamente del matrimonio de
las hijas de la nobleza sonrhai con jefes del ejército hispano-marroquí. Este
hecho contribuye también a explicarnos mejor las razones del establecimiento
del pachalik, como gobierno independiente de facto de Marruecos, y el proyecto
de Yuder y los andaluces, confirmado tanto por una serie de indicios inequívocos
como por la tradición oral local, de crear una patria independiente para los
moriscos exilados. La destitución fulminante de Yuder tras su aplastante
victoria sobre el ejército sonrhai constituyen una prueba en favor de esta hipótesis.
Además tras la muerte de su sustituto Mahmud ben Zerqun en 1595, Yuder envenenó
o estranguló a los otros pachás (Mansur Abd-er-Rahman, Mohamd Taba y Admad el
Feta) enviados por Al-Mansur para sustituirle. Y cuando el último caid enviado,
Mustafá el-Torki, desafió abiertamente su autoridad, fue el ejército quien
dirimió la disputa a favor de Yuder que, al parecer, también lo hizo
estrangular. Con este último acto, de hecho una rebelión formal contra AI-Mansur,
dos cosas al menos quedaron claras: que Yuder constituía la auténtica fuente
estable de autoridad política y militar, y que el ejército hispano-marroquí
se había independizado virtualmente del dominio de Marruecos y se había
convertido en dueño de su propio destino, con lo que empezaría la era del
pachalik, cuyas bases políticas y administrativas habían sido sentadas por
Yuder. De otro modo resulta difícil comprender el dominio efectivo de esa zona
durante casi tres siglos incluso a pesar de su debilidad militar y de las
derrotas sufridas, especialmente la de Toya (1737) a manos de los tuaregs. Sin
embargo, el «amenokal», el jefe de la poderosa confederación de tribus
tuaregs del Sahel Occidental, siguió recibiendo la investidura del pachá
derrotado. Este dato resulta suficientemente indicativo de que el sistema de
poder establecido por los Armas era fundamentalmente de naturaleza política y
no meramente militar. Con
la caída del imperio sonrhai y el establecimiento del pachalik, en el Sudán,
se produjo un cambio radical de la situación. Durante tres siglos iba a dominar
en la Curva del Níger una aristocracia político-militar que, aunque debilitada
militarmente, logró establecer un sistema de gobierno sorprendentemente
estable, a pesar de las luchas por el poder entre las diversas familias. El
sistema político instaurado por el granadino Yuder iba a mantenerse prácticamente
inalterado durante tres siglos, hasta la conquista francesa hacia 1890. Cualquier
estimación sobre la original población Arma es dudosa. No obstante, existen
datos que avalan la tesis de un protagonismo especial de los elementos
andaluces. En primer lugar, la estructura de la primera expedición y el hecho
de que se empleara el castellano como idioma oficial. Esta circunstancia nos
lleva a sospechar que no solo el ala izquierda del ejército (los moriscos) era
hispanófona, sino también gran parte del ala derecha que estaba formada por
extranjeros al servicio del sultán. Estos tenían una composición muy heterogénea
con el único denominador común de la eficacia guerrera. Pero junto al
batiburrillo de aventureros mediterráneos había dos bloques compactos correspondientes
a las grandes potencias del momento: turcos y españoles. El contingente turco
había sido muy reducido por el sultán Al-Mansur a raíz de la batalla de
Alcazarquivir. De ahí se desprende que la representación española debía ser
mayoritaria. La estructura de la expedición original, sin embargo, sirve
meramente como punto de partida para las estimaciones, puesto que hasta la
muerte de AI-Mansur fueron enviados al Níger unos 23.000 hombres de los que
solamente retornaron 500. Desde este año de 1603 hasta 1618 en que se cortan
definitivamente los reemplazos apenas llegaron a 700 los refuerzos llegados en
dos expediciones: una de marroquíes (300 soldados) en 1604 y otra en 1618 de
400 moriscos y mercenarios. Antes,
a fines de 1593, llegaron las primeras unidades tribales para consolidar la
ocupación de lo conquistado por las tropas de élite moriscas v extranjeras.
Según la muy fragmentaria información de que se dispone, los refuerzos
sucesivos fueron alternando soldados de una y otra clase. Estimando que la mayor
parte de los repatriados serían mercenarios (los más valiosos y necesarios
para el sultán), es probable que hacia 1620 el conjunto de expedicionarios
tuviera un quinto de andalusíes, algo menos de mercenarios y el resto de
unidades tribales árabes y bereberes. La
superioridad numérica de estos últimos no debe confundirnos. La excelencia
militar de los moriscos y extranjeros se tradujo en un mayor peso social que aún
perdura entre los Arma. Una combinación de acontecimientos fortuitos y de
torpezas propias fue minando el peso político de las unidades tribales hasta
dejar el poder efectivo en manos de los militares de élite y de unos cuantos
notables marroquíes. de los que tenemos la certeza que muchos eran
descendientes de andaluces emigrados a Marruecos entre el siglo XIV y la primera
mitad del XVI. Este
minúsculo grupo, en definitiva, va a imponer una tenue telaraña al tejido
social indígena que desde el principio, será respetado. Los jefes locales
siguieron existiendo con la sola modificación de necesitar la investidura del
Pachá en señal de sumisión. Los recién llegados se contentaban con la
percepción de comisiones sobre el comercio y de impuestos, organizando
expediciones que imponían la paz en cualquier núcleo conflictivo. La
estructura administrativa quedó fijada a imagen de la jerarquía militar. El
poder político y militar estaba en el pachá, enviado por el Sultán de
Marruecos hasta 1604. El último de los designados, un mercenario español
llamado Mabmud «el Largo», perió su puesto en 1612 mediante un golpe
palaciego incruento. Desde entonces los Pachá fueron elegidos por los propios
Arma hasta 1833 fecha en que desapareció el cargo. Su corte era exigua: dos o
tres altos funcionarios, una guardia de 44 hombres y un número indeterminado
de servidores (camelleros, piragüistas, criados). Bajo
el Pachá estaban los caides, que eran jefes de fracciones militares,
gobernadores de kasbas o simplemente notables de buena familia. El siguiente
escalón lo formaban los kahia o lugartenientes (cuatro por cada caid con mando
directo) y más bajo aún las clases y la tropa. De entre estos merecen
mencionarse los bashut, los sargentos más viejos, que en ocasiones tuvieron un
papel destacado y que, antes de que los cargos se hicieran hereditarios, eran
casi los únicos que podían aspirar al ascenso o categorías superiores. La
administración civil era todavía más simple. Estaba el amin o tesorero con su
cohorte de recaudadores, así como los hakem o prefectos urbanos encargados
del orden público. Y nada más. En cualquier caso, los amin eran hombres
poderosos, nombrados directamente por el Sultán hasta 1631, y que en más de
una ocasión se enfrentaron a los Pachás de turno. Efectivamente,
la lucha interna entre amines y jefes de tropa con la intervención del pachá
Mahmud «el Largo» llevaría a Ali-et-Telemsani a destituir en 1612 al pachá e
investirse a si mismo sin ser designado por el sultán marroquí. Desde
entonces y hasta 1715 el equilibrio interno de los Arma se basó en la
existencia de las tres divisiones del ejército realizadas bajo «el Largo»
(Fez, Marrakech y Cheraga) y su mutua neutralización. Los Pachás eran elegidos
alternadamente de una u otra división y tuvieron cada vez menos poder, sobre
todo cúando por extinción del cargo de amin dejó de haber un tesoro central y
cada notable percibía directamente las exacciones que le correspondiesen
por tradición. La
figura del Pachá se convirtió en un elemento simbólico. El territorio fluvial
sobre el que ejercía su dominio se fue dividiendo en pequeñas parcelas casi
feudales y Tombuctú se quedó en un símbolo, lleno de historia y prestigio,
que rara vez aplicaba en la práctica su hegemonía teórica. En
1646 se produjo un acontecimiento altamente simbólico: fue elegido el primer
pachá nacido en la Curva del Níger. Se completaba de esta forma el proceso de
indigenización y nadie pudo ya dudar el arraigo local de esa élite militar y
política en que se habían convertido los antiguos invasores. Como
dijimos, a partir de 1612 se nombrará por el ejército Arma al pachá. Después
de 1618, con la desmembración de la monarquía saadi tampoco hubo más envíos
de tropas desde Marruecos que prescindía de su conquista en el Níger. No
obstante la sumisión al Sultán subsistía, y éste enviaba de vez en cuando
saludos, noticias y hasta instrucciones. Por su parte, los Arma correspondían
bastante regularmente con regalos y tributos a su soberano nominal. Mucho
más importante que eso a nivel simbólico era el rezo de la jutba, la oración
de viernes, que seguía haciéndose en nombre del Sultán. Así pues, la
independencia de hecho quedaba suavizada por una sumisión espiritual. Esto
se mantuvo hasta 1660 en que el comandante de la división de Marrakech quiso
convertirse en sultán e Imán supremo. Sería ejecutado pero este hecho rompió
la tradición de la jutba que, a partir de entonces, se haría en nombre del
pachá de turno, pero con una fórmula neutra que no implicaba reconocimiento
de una soberanía religiosa. Parece
que las cosas siguieron así hasta la llegada al trono marroquí de Muley Ismail.
Este gran monarca de la nueva dinastía alauita, después de aplastar las
innumerables rebeliones y asentado su autoridad sobre todas las rutas que conducían
al sur, obtuvo hacia 1689 el reconocimiento de los Arma y la reanudación de los
tributos. Pero otra vez, a partir de 1720, las relaciones se espaciaron hasta
caer en el desuso. El año de 1 740 es el último en que se registra un contacto
directo entre Tombuctú y los Sultanes, en la persona de un nieto de Muley
Ismail pretendiente al trono de Marruecos. Lo
esporádico de las relaciones no debe llevarnos a engaño. Durante toda su
existencia, la dependencia de Marruecos fue una pieza importante en su concepción
ideológica. Esta fidelidad tuvo un patético epílogo en 1892. Cuando la
expansión colonial francesa estaba cerca de afectar a Tombuctú, los Arma no
tuvieron mejor ocurrencia que enviar una delegación a Marruecos y pedir ayuda
al Sultán quien naturalmente solo pudo asegurarles su apoyo moral. La conquista
francesa de Tombuctú un año después puso término definitivo a la fantasmal
dependencia respecto a los sultanes alauitas. Bibliografia: Españoles
en la Curva del Rio Níger,
Universidad de granada Yuder
Pachá y la conquista del Sudán. Andaluces
en la Curva del Níger. (Rafael Lopez Guzman).
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